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Opinión

  • Renzo Abruzzese

 La Paz, 24 de marzo de 2015. La crítica situación electoral del MAS en ciudades como El Alto, La Paz y Santa Cruz ha despertado seriamente la necesidad de reflexión sobre el estado en que se encuentra el partido gobernante y los posibles factores que hacen a su crisis y sus posibles derivaciones. En este sentido, habría que considerar algunos elementos que, más allá de las fallas que estratégicamente ha cometido la burocracia dirigencial del MAS, terminaron socavando sus capacidades expansivas. Veamos.

El primer factor anida en el orden de los argumentos. Los argumentos masistas han perdido fuerza por su naturaleza mañosa. El doble discurso o el discurso populista de fácil apelación a los sentimientos más profundos del ciudadano, a las memorias colectivas, a la falsa imagen de un pasado de inmaculada felicidad, lo único que ha generado, frente a la realidad cotidiana del ciudadano de a pie, es una enorme brecha entre los poderosos y sus desamparados, entre la verdad y los mitos, entre lo honesto y lo engañoso, entre el caudillo y sus bases.

Nunca como ahora la distancia entre lo que se pregona y lo que se hace ha quedado tan evidenciada. Asistimos asombrados a la muerte escandalosa del ama sua (no seas ladrón), del ama llulla (no seas mentiroso) y, con pocas excepciones, del ama quella (no seas flojo). La "reserva moral” del Estado no pasó de ser un buen negocio.

Cuando Evo Morales venció las últimas elecciones nacionales, con más del 60% de votos del electorado, todos pensamos que su victoria garantizaba un fuerte esquema de liderazgos sub nacionales.

Ni se nos ocurrió imaginar que tendría que echar mano de sus incondicionales servidores públicos para suprimir a un candidato ganador (Ernesto Suárez) de la forma más grotesca y antidemocrática. Pero lo de Beni no puede replicarse en El Alto ni en La Paz, menos aún en Santa Cruz, y, eventualmente, tampoco podrá hacerlo en Tarija, Oruro y Cochabamba, donde su situación electoral es todavía complicada.

Frente a este panorama tengo la impresión de que el MAS (estructura política en la que el jefazo es el partido y el partido es el jefazo) ha activado un dispositivo propio de la realidad latinoamericana, dispositivo según el cual los partidos que terminan en oligarquías personalísimas en nombre del pueblo son inmensamente más débiles de lo que aparentan y están muchísimo más lejos del pueblo de lo que ellos mismos  creen.

Otro elemento que gravita en la "pérdida” de poder sub nacional masista, radica en la fallida cruzada antimestiza de régimen. Cuando el INE publicó los resultados del errático censo nacional de 2012, la Vicepresidencia reaccionó de forma airada y visceral frente al 60% de los ciudadanos del campo y las ciudades que se autoidentificaron como "mestizos”.

De inmediato, Linera escribió un opúsculo en el que sostenía que era falso aquello de que "los que no son indígenas son mestizos”. Para él todos eran indígenas, o más bien, el destino de los bolivianos sólo era posible "indianizando el Estado”. Linera pensó que borrando en el papel el mestizaje, la revolución indigenista aseguraba un modelo económico-social diferente al capitalismo victorioso.

La realidad echó por tierra sus entelequias. No solamente Bolivia cobijaba, ya entonces, 205 súper ricos, con un capital superior a los 25.000 millones de dólares, sino que, además, alcanzó el tercer  puesto en la lista de países en los que la población de adinerados había crecido en la región. Los poderosos se habían incrementado en 5% como fruto del "modelo” masista (Banco Suizo UBS; 2014).

El Banco Mundial fue más claro: la clase media -sostuvo- constituye el 50% de la población boliviana, y la BBC de Londres hacía viral un reportaje sobre las nuevas suntuosas mansiones originario-campesinas construidas en la ciudad de El Alto.

Este nuevo segmento vota por Evo, porque gracias a su acertada política de inclusión hoy es lo que es, pero no vota por el MAS, porque prefiere estar lejos de los que, a título originario-campesino, lo extorsionan, le roban y le prometen un mundo anclado en el siglo XVIII. A ese nivel (sub nacional), las diferencias de raza adquieren todas el color de los billetes y se vuelven preferencias de clase, certeras preferencias que, a la hora de votar, saben mucho mejor que sus gobernantes  lo que en verdad les conviene.

  • Es sociólogo.
Visto 1294 veces Modificado por última vez en Jueves, 26 Marzo 2015 12:39
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